Gracias a Eva …

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©2016, Pedro M. Rosario Barbosa

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Adán y Eva por Mabuse (1510)

El mito de Adán y Eva ha sido una gran fuente de reflexión en torno a la actitud existencial humana ante la vida. Ese es precisamente el rol de la mitología.  Bien entendido el término, un mito no es otra cosa que un relato que es motor emotivo del ser humano para vincularse con el mundo de una cierta manera.

Según los exégetas del Antiguo Testamento, esta narración tan conocida forma parte de uno de los dos relatos de la creación, a saber el sacerdotal (P, Génesis 1-2:4a) y el yahvista (J, Génesis 2-4). El último se destaca por ser una tradición que, desde el principio, se refiere a Dios con el nombre de “Yahveh Elohim”. Esta es la que nos cuenta lo acontecido con la primera pareja humana en la Biblia hebrea.

Aunque la narración de la creación según P –que data de los siglos VI-V a.C.– aparece inicialmente en el libro de Génesis, es el J —que data del siglo X a.C.– el que fue elaborado cronológicamente primero. P escribió su relato como una alternativa al de J y todo lo que nos dice sobre el primer hombre y la primera mujer es lo siguiente:

Dijo Elohim: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza; que manden en los peces del mar y en las aves del cielo, en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todos los reptiles que reptan por la tierra.”

Creó, pues, Elohim al ser humano a imagen suya,
a imagen de Elohim lo creó,
macho y hembra los creó.

Después los bendijo Elohim con estas palabras: “Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves del cielo y en todo animal que repta por la tierra.”… Vio Elohim cuanto había hecho, y todo estaba muy bien (Génesis 1:26-28.31a)

No hay caída del hombre y la mujer, P omite toda referencia a ello.

Por otro lado, el relato de Adán y Eva actualmente se asocia fuertemente con la llamada “caída de la humanidad en el pecado”. Eva se dejó tentar por el Diablo, representado por la serpiente, y fue ella la que tentó al hombre. De allí que veamos a un autor cristiano desconocido, que se hizo pasar documentalmente por el Apóstol Pablo, diciendo lo siguiente en cuanto a las mujeres en las asambleas:

Así mismo que las mujeres, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia, no con trenzas ni con oro o perlas o vestidos costosos, sino con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad. La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio. Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión. Con todo, se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad (1 Timoteo 2:9-15).

A esto añadamos la perspectiva agustiniana del pecado original. Gracias a Adán y Eva, entró el pecado al mundo al haber desobedecido a Yahveh. Debido a ello, nunca podremos salvarnos sin la gracia de Dios.

Aunque parezca increíble, el sentido original del relato J era exactamente el opuesto.

Trasfondo cultural del relato J de Adán y Eva

La narración de Adán y Eva se da dentro del contexto del Medio Oriente. El judaísmo del siglo X a.C. era uno muy lejano del monoteísmo. Hoy hay una amplia evidencia arqueológica que muestra que los israelitas en general, a nivel folklórico, eran politeístas. Esto no es de extrañar debido a su afinidad particular a sociedades aledañas en la Antiguedad. El antiguo hebreo ha mostrado muchísimas afinidades con el ugarítico, lenguaje procedente del Antiguo Ugarit, donde se adoraban a una variedad de dioses entre los que se encuentra el dios Baal –en ocasiones confundido con el dios cananeo El, en otras, descrito como hijo de El– y su esposa Asherah –a veces también esposa de El o de Yahveh–. Tras la rebelión de los cananeos contra las altas castas durante el siglo XIII a.C. y su desprendimiento del Antiguo Egipto, los cananeos protoisraelitas se fueron estableciendo por todos lados en región palestina, constituyendo así sociedades igualitarias de acuerdo a sus afinidades tribales. La cosmología de los antiguos hebreos y la de la civilización ugarítica –y la de otros pueblos en la Media Luna Fértil oriental– eran bien semejantes.

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Un dracma fenicio del siglo IV a.C. con una imagen que parece ser el nombre “Yaju”.  Tiene características semejantes a las de Yahveh según descritas en Ezequiel 1:4-28.

Por otro lado, parece que por acción levítica, también la sociedad hebrea antigua llevó a cabo un proceso sincrético influenciado por los habitantes de la región de Madián, especialmente por el pueblo de los shasu, quienes adoraban a un dios conocido como Yaju. Muchos exégetas de la Biblia hebrea sostienen que de este nombre se derivó el de “Yahveh”, que gradualmente se fue identificando más con el dios cananeo El, para forjar el nombre “Yahveh Elohim” (ver un rastro de ello en Éxodo 6:3). A medida que fue pasando el tiempo, por acciones del sacerdocio levita y de ciertos monarcas –a saber David, Salomón, Ezequías y Josías–, se llevaron a cabo una serie de reformas religiosas que transformaron una sociedad politeísta a una henoteísta. Esto significa que reconocían la existencia de otros dioses y de varios tipos de divinidades, pero practicaban la monolatría, rendían honor y adoración exclusivamente al dios nacional, Yahveh Elohim. Ya cercano a los tiempos del Nuevo Testamento, llegó a predominar un monoteísmo débil, en el que se reconocía a Yahveh como el único dios estrictamente eterno, todopoderoso, existente desde siempre, creador del cosmos, incluyendo a otras divinidades (ángeles y otras potencias espirituales). En el mejor de los casos, algunas de las otras potencias se concebían como hipóstasis divinas, es decir, como atributos divinos que adquieren vida propia y autonomía (la Sabiduría, el Logos divino, entre otros) en relación con Dios. Finalmente, después de las reformas farisaicas de los siglos I y II, se fue transformando el judaísmo en una religión estrictamente monoteísta.

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Fragmento del diluvio de la Épica de Gilgamesh

Regresemos una vez más al mundo de los antiguos hebreos. Además de los shasu y su culto a Yaju, ellos recibieron influencias culturales sumerias y acádicas, tales como la de la Épica de Gilgamesh. El relato nos habla del rey tiránico de Uruk, Gilgamesh, quien oprimía a su gente, por lo que la población clamaba a los dioses por ayuda. Al escuchar el clamor, los dioses quisieron crearle un rival, un hombre llamado Enkidu.

Al principio, Enkidu vivía en un estado de inocencia apegado a los animales y a la naturaleza en general. Sin embargo, para que fuera rival de Gilgamesh, los dioses le enviaron a Shihamat, una prostituta del templo para que, con una actividad sexual –“por seis días y siete noches”–, le civilizara.  Una vez concluido, Enkidu notaba entristecido y angustiado que los animales huían de él, porque ya se había apartado de la naturaleza para vivir en civilización.

A pesar de que fue creado como rival de Gilgamesh, eventualmente ambos se hicieron amigos. Tras la muerte de Enkidu, el acongojado rey se sintió motivado a buscar la manera de conseguir la inmortalidad. Durante se travesía, logra visitar a Utanapistim, quien le narró una de las más famosas versiones del diluvio universal que conocemos y le dijo dónde se encontraba la planta de la vida eterna. Gilgamesh la logró encontrar, pero una serpiente la robó, por lo que vio claramente que su vida desembocaría en la muerte. La épica termina con el final triste de la muerte de este monarca en Uruk.

Podemos ver que en esta épica mítica encontramos muchos de los mismos temas que encontramos en la versión J de la creación. Cuando Yahveh Elohim creó al hombre –un ‘adam— y a la mujer, hizo que sus vidas fueran consistentes con la naturaleza, aunque con un nivel de conocimiento inferior al de los dioses. Tampoco los crea al nivel de los animales, sino que le otorga también dominio sobre ellos: le dice al hombre que nombre a los animales. Desde la perspectiva hebrea antigua, el acto de nombrar (ponerle nombre) a algo o a alguien es una manera de dominarlo.

A pesar de ello, Yahveh Elohim le prohibió al hombre y a la mujer comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Si nos fijamos bien, al desobedecer esta orden e ingerir el fruto del conocimiento del bien y del mal, la mujer no fue motivo de “caída” sino de exaltación. Gracias a Eva, los seres humanos llegamos a ser muchos más cercanos al ámbito divino.

El momento de la exaltación por Eva

Nos dice el autor J, que la serpiente era el “más astuto” de los animales del campo. Esto nos revela que esta criatura originalmente no significaba el Diablo o Satanás, sino que era considerada una serpiente de la que descendería todas las demás. El relato J es, en menor medida, una explicación etiológica de por qué las serpientes no tienen patas y se arrastran por el suelo: porque Yahveh Elohim condenó a esa serpiente a reptar por la tierra.

Nos dice Génesis:

Dijo {la serpiente} a la mujer: “¿Cómo que os ha dicho Elohim que no comáis de ninguno de los árboles del jardín?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín.  Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte.” Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Génesis 3:1b-5).

¿Ocurrió lo que la serpiente había predicho?

El relato J nos dice que cuando Eva comió de la fruta y se la entregó a Adán, a ambos se le abrieron los ojos y descubrieron que estaban desnudos –algo que ellos conocieron o supieron que estaba mal–. En ese instante obtuvieron conocimiento del bien y del mal. En otras palabras, salieron de su humanidad primitiva y los seres humanos obtuvieron un poder divino, el de conocer el bien y el mal.

Mientras Yahveh Elohim estaba paseando por el jardín de Edén, descubrió su acto de rebeldía. En seguida empezó lo que llamaríamos en inglés “the blaming game“: Adán le echó la culpa a Eva y esta a su vez responsabilizó a la serpiente. Después de distribuir sendas condenas, nos dice Génesis que Yahveh Elohim decía a otros (presumiblemente a los demás dioses) que efectivamente el ser humano se había vuelto como uno de ellos.

Y dijo Yahveh Elohim: “¡Resulta que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal! Ahora, pues, cuidado, no alargue su mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.” Así que lo echó Yahveh Dios del jardín de Edén, para que labrase el suelo de donde había sido tomado. Tras expulsar al hombre, puso delante del jardín de Edén querubines y la llama de espada vibrante, para guardar el camino del árbol de la vida (Génesis 3:21-24).

Nótese que antes de estas palabras, Yahveh le había dicho al ser humano que no perecería si no comía del Árbol del Conocimiento, por lo que sí tenía acceso al Árbol de la Vida. Ahora que comió, Yahveh le impidió ese acceso. El ser humano, ahora criatura semidivina, estaría condenado a la muerte.

Este no es el único caso. En el texto J, Yahveh Elohim impide todo intento de divinización definitiva del ser humano, por ejemplo, en el caso de la descendencia divina y humana cuando los hijos de Yahveh Elohim “conocían” a las mujeres humanas (Génesis 6) o en el que se construía la torre de Babel (Génesis 11:1-9).

Sin embargo, lo mejor del relato mitológico de J sobre nuestros primeros padres nos revelan algo insólito, al menos en relación con las demás tradiciones del Pentateuco. La tradición elohísta (E, siglo IX a.C.) y la P tienen dos relatos distintos de cómo Yahveh le reveló su nombre a Moisés (Éxodo 3:14-16; 6:2-8). Sin embargo, en J, después de haber comido de la fruta, el hombre llamó a su mujer “Eva” por ser la “madre de todos los vivientes” y, sin Yahveh Elohim haber revelado su nombre, es Eva la primera en mencionar el nombre de Yahveh:

Tuvo relaciones el hombre con Eva, su mujer, que concibió y dio a luz a Caín, y dijo: “He adquirido un varón con el favor de Yahveh” (Génesis 4:1).

El valor actual de Eva

El mito no es una pura mentira, sino una manera de decir una verdad que nos ayuda a relacionarnos y vincularnos con la realidad de una manera particular. No aceptamos la existencia histórica de unos primeros padres. La investigación genética de nuestra evolución biológica ha dejado ya con total claridad la imposibilidad de que todos hayamos descendido de una sola pareja.

Sin embargo, en el mismo sentido en el que Marx expresaba su admiración por el mítico Prometeo encadenado según presentado por la obra atribuida a Esquilo, de la misma manera podemos valorar a Eva y lo que representa a la luz de nuestro análisis del texto yahvista. De la misma manera en que Prometeo se rebeló contra los dioses al entregarle el fuego (¿del conocimiento?) a los hombres, Eva tomó una iniciativa de la desobediencia para regalarnos una bendición de carácter divino, el conocimiento de lo bueno y lo malo, el sentido moral.

Aun así, este nuevo poder divino, que míticamente es hechura de Eva y biológicamente es legado de nuestros ancestros en la travesía de la evolución, conlleva la condena de ser responsables de las consecuencias de nuestras acciones, especialmente en nuestro ámbito planetario. En la más reciente emergencia global del cambio climático, Gaia no tendrá a otro culpable ante sí que aquellos que abusaron de su libertad para alterar y perjudicar la vida en el planeta. Sin embargo, la Buena Noticia es que es precisamente porque somos libres, que podemos unir nuestros esfuerzos para cambiar el curso de acción actual que nos lleva por el camino de la muerte colectiva.

Ya no debemos perder el tiempo con actitudes misóginas fundamentadas en un malentendido en torno a una de las joyas mitológicas del libro del Génesis. Aprendamos lo mejor de este:  nos toca escoger nuestro futuro …  gracias a Eva.

Post Data: Vídeo instructivo sobre algunas deidades en el Antiguo Israel

(Corrección a Dever: “Easter” no se deriva de “Ishtar”)

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