Los comienzos de la filosofía del siglo XX – 1

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©2016, Pedro M. Rosario Barbosa

Introducción

Este es el primer artículo de una serie en torno a los comienzos de la filosofía del siglo XX, que es gran medida el fundamento de las discusiones contemporáneas de la filosofía, tanto en su vertiente analítica como la continental.

Debido a que las raíces de estas discusiones brotan de  problemas surgidos por parte de la filosofía kantiana y su discusión en el siglo XIX, ese será nuestro punto de partida. Por tal razón, en estos primeros artículos nos dedicaremos a echarle a un vistazo a la manera en que se formuló la filosofía kantiana, su discusión, cómo se desarrollaron campos ajenos tales como la lógica, las matemáticas, las ciencias naturales y la semántica  en el siglo XIX y el impacto de todos estos factores en la filosofía en el siglo XX.

El Legado de Kant

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Immanuel Kant

Immanuel Kant (1724-1804) dejó una huella muy marcada en la historia de la filosofía moderna gracias a su joya filosófica, la Crítica de la razón pura. Hay varios componentes de esa obra que deben examinarse para comprender muchos de los problemas filosóficos surgidos en el siglo XIX.

La semántica kantiana

Exposición breve

Aunque Kant vivió antes del nacimiento de la semántica como campo de investigación –“inaugurado” por Bernhard Bolzano (1781-1848), a quien discutiremos más tarde en la serie–, él heredó ciertos elementos de la filosofía medieval y moderna y que, simultáneamente, le llevaron a innovar en el ámbito de la lógica de su tiempo. Nos estamos refiriendo a las famosas distinciones kantiana entre tipos de conocimientos y de juicios.

Para Kant, podemos identificar dos clases de conocimiento:

  • Conocimiento a posteriori: conocimiento obtenido por la experiencia.
  • Conocimiento a priori: conocimiento obtenido con independencia de la experiencia.

A su vez, hay dos clases de juicios, pero dio dos definiciones distintas de cada uno:

  • Juicios analíticos:
    • Def 1: Dada la estructura de los enunciados en sujeto y predicado, un juicio es analítico si el concepto del predicado ya está incluido en el concepto del sujeto. Por ejemplo: “Los cuerpos son extensos”. No hace falta recurrir a la experiencia para saber si los cuerpos son extensos, porque el concepto de extensión ya está incluido en el concepto de cuerpo.
    • Def 2: Si el juicio se basa exclusivamente en los principios de identidad y de no contradicción, entonces es analítico. Por ejemplo, hablar de un cuerpo sin extensión sería autonmáticamente una contradicción.
  • Juicios sintéticos:
    • Def 1: Dada la estructura de los enunciados en sujeto y predicado, un juicio es sintético si el concepto del predicado no está incluido en el concepto del sujeto. Por ejemplo: “Los cuerpos son pesados”. Ya que podemos concebir e imaginar cuerpos sin peso, el concepto de este último no está incluido en el del primero.
    • Def 2: Si el juicio no se basa exclusivamente en los principios de identidad y de no contradicción, entonces es sintético.

Al hacer estas distinciones, entonces identificaba tres tipos de juicios:

  • Juicios analíticos:  Todos estos son a priori.
  • Juicios sintéticos a posteriori: Todos estos son juicios de la experiencia en general.
  • Juicios sintéticos a priori: Juicios sintéticos que son necesarios y universales.

Como ejemplos de juicios sintéticos a priori, Kant nos ofrece dos:

  1. Leyes formuladas por las ciencias: Tomemos por ejemplo la tercera ley de movimiento, “Toda fuerza de acción conlleva una fuerza de reacción que es igual en magnitud y opuesta en dirección.” Como bien señaló Kant (y antes que él, Hume), el concepto de ser igual en magnitud y opuesto en dirección no se halla incluido en el concepto de fuerza de acción. Así que evidentemente nos encontramos ante un juicio sintético. Sin embargo, es necesario para la comprensión del universo y es aplicable a todos los objetos del cosmos.  No es una ley dada por la experiencia (i.e. es a priori) debido a que no hemos tenido ni tendremos una experiencia posible de tal universalidad.
  2. Las verdades de las matemáticas en general:  Nos dice Kant que si tomamos el juicio “7 + 5 = 12”, tal vez nos veamos tentados a declararlo analítico, ya que utiliza el concepto de identidad y de no contradicción:  si negáramos este juicio, entonces obtendríamos una contradicción. Sin embargo, si se examina desde la perspectiva de la estructura sujeto-predicado, el concepto de doce no está incluido en el concepto de “7 + 5”. La razón de ello es que el concepto de doce adviene a la mente una vez se pueden contar cinco unidades (de dedos o piedritas) a partir de siete. Ninguno de los números son objetos sensibles, sino que son concebidos y contruidos en la intuición pura.  Por lo tanto, estamos ante juicios singulares (no universales), pero que son necesarios y son sintéticos a priori.

Ante este panorama, Kant nos presenta una nueva perspectiva en torno a los juicios.  Todos los juicios de la lógica son analíticos, todos los juicios de las matemáticas (incluyendo los de la geometría) son sintéticos a priori y todos los juicios que expresan leyes naturales también lo son.

Problemas con la semántica kantiana

Ante esta innovadora teoría de los juicios, nos encontramos ante unas serias dificultades que harían estas distinciones difíciles de aceptar para los filósofos del siglo XIX y del XX.

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Gottfried Wilhelm Leibniz

Un caso particular es su caracterización de los juicios de la lógica como analíticos a priori, y los de las matemáticas como sintéticos a priori. Aunque Kant reconoce su “aprioricidad” como elemento común, no integra ciertos aspectos importantes de un filósofo que conocía bien, Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716). De acuerdo con Leibniz, al igual que el álgebra, es muy posible matematizar los silogismos de la lógica aristotélica mediante el uso de variables proposicionales y convertirla en una especie de álgebra de la lógica (lo que llamaríamos hoy día “lógica formal”). Gracias al desarrollo del cálculo infinitesimal –del cual él fue coautor–, también es posible matematizar las relaciones geométricas. De esa manera, la lógica formal y las matemáticas podrían potencialmente formar juntas una gran “megadisciplina” a la que él llamaba “mathesis universalis“.  Hoy día podemos apreciar esta perspectiva leibniciana con nitidez, ya que la lógica y las matemáticas son hoy día inseparables en el ámbito de las ciencias formales. Sin embargo, al Kant caracterizar a la lógica como analítica y a las matemática como sintética, muchos filósofos del siglo XIX en general (con rarísimas excepciones que discutiremos en esta serie) no pudieron apreciar bien las afinidades de ambos campos. Kant los trata como ámbitos extraños, uno fundado en la lógica pura y otro en la construcción en la intuición pura.

El asunto empeora cuando vemos que las definiciones que nos da Kant en torno a los juicios analíticos y sintéticos no son coherentes. Esto se ve bien claro en el caso de los juicios de la aritmética. En primer lugar, según una de las definiciones, el juicio “7 + 5 = 12” debería comprenderse como analítico precisamente porque se basa en el principio de identidad y en el de no contradicción (cualquier negación de ese juicio sería una contradicción automática). Sin embargo, Kant insiste en que es sintético debido a que hay una estructura sujeto-predicado en la que el concepto de predicado está incluido en el concepto del sujeto. Para apelar esta “no inclusión” como juicio analítico, no apela al contenido del enunciado mismo, sino al proceso mental por el que intuitivamente descubrimos (¿o construimos?) la relación entre la suma del siete y el cinco con el número doce. Sin embargo, esto muestra claramente que aunque ambas definiciones kantianas de analiticidad y sinteticidad parecen a prima facie semejantes, en realidad son incompatibles entre sí.

Ante esto, se presenta la dificultad de la naturaleza de la “necesidad” y “universalidad” como son planteadas por Kant. Una cosa es que el principio de identidad sea lógicamente necesario y universal, aplicable a todos los juicios posibles. Igualmente se podría argumentar de los juicios de la aritmética. Sin embargo, este no es el mismo tipo de “necesidad” y  “universalidad” que encontramos en el caso de la tercera ley de movimiento. En cierto sentido, podría argumentarse desde Kant que dicha ley es “universal” y “necesaria” en cuanto a que es condición de posibilidad de conocer el comportamiento de los objetos físicos del universo. Sin embargo, su negación no implicaría automáticamente una contradicción, por lo que no es lógicamente necesaria.

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David Hume

Este último factor nos invita a adentrarnos en uno de los problemas tanto epistemológicos como semánticos de la propuesta kantiana: su noción bien particular de “a priori“. Para muchos filósofos modernos anteriores a Kant, a priori no solamente significaba “aquello que no es dado por la experiencia”, sino también como aquello fundamentado en la lógica. Filósofos tan opuestos como Leibniz y como David Hume (1711-1776) coincidían en este sentido particular. Para Leibniz, toda verdad de razón (vérités-de-raison) es a priori debido a que es lógicamente necesaria y su negación implicaría automáticamente una contradicción. Lo mismo sucede con las relaciones de ideas (relations of ideas) como las caracterizaba Hume.  Sin embargo, para Kant, la noción de “a priori” implicaba algo más:  a priori es todo aquello que se funda exclusivamente en las facultades mentales de la especie humana sin elementos de sensación o experiencia. En otras palabras, la objetividad de los juicios no solo depende de su contenido, sino también del hecho de que son formulados como resultado de la constitución de objetos como fenómenos y de su entendimiento vía las categorías. Por lo tanto, la “aprioricidad” de los juicios se halla subordinada a construcciones mentales dentro del esquema de las formas de la intuición y de los conceptos puros del entendimiento.

Problemas de la epistemología kantiana

De acuerdo con Kant, podemos formular los juicios gracias a nuestros procesos cognoscitivos. En primer lugar, nos encontramos ante la constitución de los objetos de conocimiento, los fenómenos. Cada fenómeno contiene componentes materiales y formales. Las sensaciones son los componentes materiales, mientras que los formales (el espacio y el tiempo) son puestos por la mente como condición de posibilidad –i.e. como elementos “a priori“– de que se constituyan fenómenos.

La forma de la intuición del espacio como algo puesto por la mente no es nada en el mundo externo. Solo es la condición de posibilidad de la constitución sensible de todo fenómeno en el sentido externo y que no es idéntico a la cosa en sí (al nóumeno). El espacio intuitivo es concebido newtonianamente, es decir, como un ámbito exclusivamente tridimensional y absoluto en donde se encuentran los objetos sensibles y no, como pensaba Leibniz, un ámbito relacional que depende de la existencia de dos o más objetos. Para Kant, si se eliminaran todos los fenómenos sensibles, todavía quedaría el espacio tridimensioinal vacío como un absoluto.

Vale la pena señalar que al hacer el espacio como un elemento necesario del conocimiento, Kant no le cierra las puertas a la posibilidad de elaborar alguna geometría no euclidiana. Para él, los juicios geométricos son todos sintéticos. Dado ese hecho, puede ser posible negar el juicio “por dos puntos en el espacio pasa solamente una línea recta” sin miedo a contradicción. Sin embargo, lo que es incuestionable es que, para Kant, el espacio euclidiano tridimensional es el único que parece indispensable para el conocimiento humano, ya que es solamente en él que es posible la constitución del fenómeno y la construcción geométrica.

El tiempo es una forma de la intuición puesto por la mente como condición de posibilidad de la constitución del fenómeno en el sentido interno. El tiempo no es comprendido como una dimensión adicional al espacio ni como algo perteneciente a las cosas en sí, sino como una condición a priori del devenir de los fenómenos.

Desde la lente kantiana, fuera del espacio y del tiempo es imposible conocer nada, ya que las cosas en sí no son conocibles, como tampoco lo son entidades no fenoménicamente dadas (los átomos, Dios, el comienzo del universo, entre otras).

Para que estos fenómenos sean entendidos y conocidos legítimamente, estos tienen que comprenderse de acuerdo a los conceptos puros del entendimiento (categorías),de los cuales Kant identifica doce:

  • Categorías de cantidad
    • Unidad
    • Pluralidad
    • Totalidad
  • Categorías de cualidad
    • Realidad
    • Negación
    • Límite
  • Categorías de relación
    • Sustancia y accidente
    • Causa y efecto
    • Reciprocidad
  • Categorías de modalidad
    • Posibilidad – imposibilidad
    • Existencia-no existencia
    • Necesidad-contingencia

Sin estas estas categorías, no sería posible formular los juicios que les corresponden. Así que ellas se convierten en la condición de posibilidad de todo juicio y de toda conocimiento legítimo.

Algunos filósofos posteriores a Kant, tales como Edmund Husserl (1859-1938), solían caracterizar a estas categorías como puramente “míticas”. Algunas de ellas son lógicas (unidad, totalidad, negación). Otras se basan explícitamente en las leyes de movimiento de Newton (las categorías de relación) y en la metafísica aristotélica (sustancia-accidente, posibilidad, necesidad, contingencia, etc.).

Últimas reflexiones

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G. W. F. Hegel

El siglo XIX fue en gran medida una continuación y, por otra, una respuesta a Kant. El idealismo alemán culminado con G. W. F. Hegel  (1770-1831) fue, en cierto sentido un desarrollo de algunas nociones kantianas a nivel histórico y social. Sin embargo, en el caso de Hegel, encontramos un gran rechazo a la convicción kantiana de que es imposible conocer las cosas en sí. Al contrario, las cosas en sí se nos dan ellas mismas como fenómenos. Estas pueden comprenderse por la razón porque en sí son racionales. Esto lleva a una fenomenología del espíritu en la que la razón mental (como pensamiento compartido) y la razón del universo se unifican en un proceso dialéctico del autoconocimiento espiritual. Aquí podemos encontrar algunas de las raíces de la filosofía continental del siglo XX.

Otros seguirían una corriente más psicológica, negando unos aspectos de la filosofía kantiana mientras que afirmaban otras más cercana a criterios naturalistas. La corriente más cientificista de la filosofía kantiana rechazaba al idealismo alemán, pero se volvió más groseramente empirista. Aquí se abrió un abanico de posiciones en torno a la naturaleza de la mente, la manera de obtener conocimiento, la búsqueda de la legitimidad de la lógica y de las matemáticas con bases empíricas, entre otros. John Stuart Mill (1806-1873) adoptaría una postura groseramente sensorial del origen de las ideas lógicas y matemáticas; Franz Brentano (1838-1917) abogaría por una postura más moderada. El siglo XIX pudo ver el desarrollo del psicologismo –postura iniciada por John Locke (1632-1704)– con todo su esplendor.  De acuerdo con este grupo dominante de la filosofía del siglo XIX, el referente de todo pensamiento son las ideas forjadas en la mente humana a partir de la experiencia. Como en aquella época la lógica se concebía como el campo que examinaba las formas del recto pensar, y los antipsicologistas también compartían esta convicción, se concebiría a la lógica como una rama de la psicología empírica. Se trataban a las matemáticas como productos construcciones mentales o, en un buen número de casos, como abstracciones a partir de los objetos sensibles de la experiencia. Evidentemente, el psicologismo rechazaba el racionalismo leibniciano y ayudó a perpetuar la barrera aparentemente infranquable entre la lógica y las matemáticas durante el siglo XIX.

Solo un puñado relativamente desconocido de filósofos estaría al margen de todos estos planteamientos cuestionando en principio muchas de las concepciones semánticas de Kant. La geometría no euclidiana y otros desarrollos matemáticos y lógicos y algunos descubrimientos científicos eventualmente llegaron a retar directamente el esquema epistemológico kantiano.  El siglo XX se revelaría más adelante como la culminación de todos estos procesos. Debido a ello, muchos pensadores se vieron en la necesidad de descartar por completo el modelo gnoseológico kantiano para  volver a cimentar el conocimiento genuinamente científico.

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